Desde mediados de los noventa en Sevilla ya existían los "gorrillas": Tomaron su nombre de la gorra que lucían para mitigar la canícula hispalense. Esos amables señores (y señoras según el caso) que a cambio de una moneda nos cuidaban el coche de los amigos de lo ajeno. Esto que era una anécdota de la capital sevillana, donde les pusieron gorra de plato y chaleco reflectante, pasó a ser una norma en Valencia, sí la Valencia moderna del S.XXI de Rita Barberá...y del Madrid de corazonada del Sr. Gallardón. Menos frecuente en Barcelona, donde el civismo ciudadano ha evitado esta lacra y poco frecuente en otras ciudadades españolas "menos rentables".
En los años dos mil nuestras ciudades y ayuntamientos se modernizaron por la vía de cobrarnos también por aparcar el vehículo, sacrosanto templo de la tributación donde se agolpan los más variopintos impuestos. Debe ser que tener un vehículo supone ser un potentado en estos tiempos en los que cada vez es más necesario para vivir y trabajar el uso del mismo y a su vez es más frecuente por las autoridades exprimir fiscalmente al contribuyente por su tenencia y uso.
La implantación masiva de la O.R.A. (ordenación reguladora de aparcamiento) hizo pensar- inútilmente- que en las áreas de zona azul no habría "gorrillas". Qué ilusos. Además de pagar el aparcamiento azul hay que pagar la "tasa" impuesta por estos auténticos chantajeadores. La chapa rallada o un faro roto puede ser el resultado de no pagar el I.RA. (Impuesto Revolucionario de Aparcamiento).
La vuelta de tuerca está en los "gorrillas legales" impuestos por las propias intituciones para lograr evitar que se peleen en plena calle por el territorio.
¿Qué han hecho los ayuntamientos-de uno y otro signo- para evitarlo? Unos "legalizarlos" dándoles un uniforme y unos tickets y otros ilegalizarlos sin éxito, considerándo que "regulan el tráfico" actividad reservada a la policía local. Pero en suma nada de nada.
La verdadera realidad social que hay detrás de estos sujetos es la que hace que en realidad los ayuntamientos sigan la doctrina lampedusiana de cambiarlo todo para que todo siga igual.
Los "gorrillas" las más de las veces están formados por colectivos marginales como drogadictos, sin-techo y cada vez más simples parados o sin-papeles necesitados. Regularlos y controlarlos supondría simplemente que habría que dotar más comedores sociales, centros sanitarios de atención drogodependiente, centros de inserción social, en cambio mantenerlos en la calle y "dejarlos ejercer" la mendicidad encubierta permite que subsistan sin cometer robos, intimidación o males mayores y ahorra en tiempos de crisis enormes cantidades de dinero a los servicios sociales de los esquilmados consistorios.
Además son tan disciplinados como la otra lacra que suponen los top-manta y que afectan a los tenderos que pagan impuestos de un establecimiento permanente o a los ambulantes de los mercadillos , tan sólo hay que hacer aparecer a la policía por el sitio para que desaparezcan. A cambio de que los ciudadanos soporten la molestia que comportan y les den el ansiado euro, por el cual vienen algunos de ellos a percibir más dinero que trabajando legalmente.
Los "gorrillas" las más de las veces están formados por colectivos marginales como drogadictos, sin-techo y cada vez más simples parados o sin-papeles necesitados. Regularlos y controlarlos supondría simplemente que habría que dotar más comedores sociales, centros sanitarios de atención drogodependiente, centros de inserción social, en cambio mantenerlos en la calle y "dejarlos ejercer" la mendicidad encubierta permite que subsistan sin cometer robos, intimidación o males mayores y ahorra en tiempos de crisis enormes cantidades de dinero a los servicios sociales de los esquilmados consistorios.
Además son tan disciplinados como la otra lacra que suponen los top-manta y que afectan a los tenderos que pagan impuestos de un establecimiento permanente o a los ambulantes de los mercadillos , tan sólo hay que hacer aparecer a la policía por el sitio para que desaparezcan. A cambio de que los ciudadanos soporten la molestia que comportan y les den el ansiado euro, por el cual vienen algunos de ellos a percibir más dinero que trabajando legalmente.

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